Fin de semana

Parecía un fin de semana común, pero algunas cosas bastante particulares pasaron.

Es viernes y el plan que tenía con unos amigos de la universidad da señales de disolverse. Parece que habrá un nuevo aplazamiento para celebrar el cumpleaños de uno de ellos. No me lamento. La realidad es que he gastado dinero desmedidamente en las últimas semanas y ahora cualquier ahorro me viene bien.

Son las 5:20 de la tarde y se acerca el final de la jornada laboral. Yo estoy ahí, sentado en mi escritorio, mi lugar de trabajo, pensando en que no terminé de hacer lo que me había propuesto y que será hasta la semana siguiente que retome el tema. Veo que recibo un mensaje de uno de mis amigos más cercanos -del colegio-. Pregunta qué hago, como preludio de su propuesta de vernos en breve.

Acordamos que llegara a mi apartamento, quiero que lo conozca pues no hace muchos meses lo compré. Me infla un poco el orgullo que vea que he conseguido un bien material que muchos valoramos importante. Creería que él también tiene curiosidad de conocerlo, a pesar de que lo considero una persona más bien indiferente frente a los logros que en ese aspecto consiguen sus amigos.

Llega cerca de 40 minutos después, saluda a mis padres y a mi hermana. Han pasado seis años desde la última vez que se vieron, se ponen a hablar de eso y yo simplemente voy conduciéndolo por el apartamento mientras la conversación entre ellos avanza.

¿Y entonces, qué vamos a hacer? -me dice-. Le contesto que aprovechemos la cercanía de un centro comercial para ir a comer y tomar algo. Él accede.

Entramos al centro comercial. De fondo hay un ruido y vemos que en la plazoleta de comidas está un dúo musical presentándose. Él lo señala con desagrado, es evidente que el volumen y el género musical le disgustan. Yo agregaría que la presentación no lucía precisamente como un derroche de talento, pero soy menos dado a la crítica en ese sentido y me limito a proponerle sentarnos tan lejos de la tarima como sea posible, al tiempo que le pregunto qué vamos a comer.

Optamos por restaurantes diferentes, él por comida mexicana y yo por la opción segura de pollo Frisby, mi favorito siempre que quiero comer pollo. Recibimos la comida con poca diferencia de tiempo, así que la mesa y la conversación están servidas.

Tenemos un amigo en común, o tuvimos, no lo sé pues ya no estoy seguro de poderlo seguir llamando amigo. Sobre él fue buena parte de nuestra conversación allí, sobre que lo apreciamos y nos gustaría que corrigiera acciones que sentimos que son dañinas para él, aunque ambos sabemos que los comentarios que mi amigo le pueda hacer tienen una alta probabilidad de terminar en nada, o en una indeseada discusión, por mejores que sean las intenciones de él al decirle. De otras personas hablamos, criticamos, nos reímos.

Fue una comida ligera, llevamos poco tiempo hablando y sabemos que aún hay temas que ambos queremos abordar. Le propongo entonces ir a una cervecería BBC cercana, pues sé que le gusta ese lugar.

De camino pienso en varias cosas. Sé que es probable que las cervezas que tomemos me terminen aligerando la lengua. Hay un asunto personal que por un tiempo pensé en compartirle, así que cuando vamos llegando al sitio, ubicado a pocas cuadras del centro comercial, tomo el valor y le cuento mi tragedia personal, con muy pocas pero muy concretas palabras. Concluí que sería mejor hacerlo antes de haber tomado la primera cerveza, pues quería que fuera claro que tenía una plena intención de decirle, que no era un aflore resultado de mi debilidad ante el alcohol aún en pequeñas cantidades.

Pienso que no fue del todo una sorpresa para él, aunque así haya querido hacerlo parecer. Está claro que él no estaba muy seguro de saber qué decir ante lo que le estaba contando, así que se centró en decirme con diferentes palabras que podía contar con él, que tanto yo como mi familia éramos apreciados por él y quería que supiera que en lo que el pudiera ser útil, allí estaría.

Ese tema ocupó buena parte de nuestra conversación dentro del bar. Cuanta más cerveza entraba en mi cuerpo, más se aligeraba mi lengua para contarle cosas. Hablamos de otros temas también, pero sobretodo de nuestras familias.

Mi amigo perdió a su madre hace ya poco más de cinco años. Después de muchos años de padecer de cáncer, según lo que me contó, un deterioro acelerado en los últimos meses de vida terminó por llevársela. Su madre tenía -y tiene- un significado especial para él, que no es una persona muy familiar, muy de apegos, pues siempre estuvo a su lado, en contacto. En sus palabras "es la única persona que en realidad siempre estuvo ahí para mí, ni amigos, ni familia, ni pareja, ni nadie".

Una parte de nuestra conversación fue él contándome esa historia de la enfermedad de su madre. Algunas cosas ya las sabía, otras eran nuevas para mí. En cualquier caso, es un tema incómodo, difícil, doloroso, y soy lento y cauto a la hora de pronunciar palabras que le afirmen que sigo interesado en la historia o que quiero que profundice en algún detalle.

Recuerdo cuando recibí la noticia de la muerte de su madre, le cuento. En mayo de 2017, yo había viajado con mi exnovio a la Isla San Andrés a celebrar mi cumpleaños, que coincidencialmente es un día después del de mi amigo. Bajándome del vuelo de regreso, el 31 de mayo, recibo una llamada de una amiga cercana en común y me cuenta que la madre de él había fallecido un día antes. Recuerdo haber quedado atónito. Supongo que a muchos les pasa que pensamos, por empatía seguramente -o por egoísmo disfrazado-, en qué se puede sentir tras un suceso de esa naturaleza, ¿Qué reacción y qué sentimientos tendría yo?.

Le confieso que no recuerdo siquiera las palabras que usé para darle mis condolencias, si fueron por texto o en llamada, entre otros detalles que mi cabeza ya no conserva. Él me dice que nadie sabe realmente qué se debe decir, salvo una persona que ya haya pasado por esa experiencia y que claramente espera que la forma en la que me desprenda de mis padres no se parezca a la que él tuvo al despedir a su madre.

En eso me comenta que leyó un libro de Piedad Bonnet, Lo que no tiene nombre, donde la autora aborda su historia relacionada con el suicidio de su hijo de 28 años. Ese libro, me dice él, ha sido revelador y conmovedor en muchos aspectos.

Y sí que lo es. Es la 1:00 AM del lunes y yo estoy aquí terminando de escribir estas líneas de lo que fue mi fin de semana. He avanzado un montón de páginas leyendo el libro que apenas el sábado conseguí. Me ha resultado tremendamente conmovedor. Incluso, diría que inspirador, pues siento que me alentó de alguna manera a escribir lo que hasta este párrafo de esta entrada llevo.

Lo que sucedió el sábado y el domingo no es menos disruptivo que lo que viví el viernes. Será la historia de mi próxima entrada en el blog.